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05/06/2019

Novedades

Ejemplo novedad X1

Copete de novedad X1 para probar el sistema de cargas.

Por tristemente célebre que sea ahora, es fácil olvidar que esta calamidad al parecer sólo llamó la atención internacional como por accidente. Dos días enteros después de que comenzara el accidente nuclear en Ucrania, al llevar los vientos los desechos radiactivos a Europa, sonaron las alarmas en una central nuclear de la lejana Suecia. Recién entonces los funcionarios soviéticos se dignaron emitir un sucinto comunicado donde reconocían que “se ha producido un accidente”, al tiempo que deliberadamente obviaban mencionar los detalles específicos de lo que había ocurrido y en qué momento.

“Se está brindando ayuda a los afectados”, concluía el comunicado. “Se ha creado una comisión del gobierno”.

Una reconstrucción desde cero

Entrevistando a testigos oculares y consultando archivos desclasificados –registro oficial que era frustrantemente exiguo en lo que hace a determinados detalles y, según Higginbotham, no siempre confiable-, el autor reconstruye el desastre desde cero, relatando su preludio así como sus consecuencias. El resultado es soberbio, apasionante y necesariamente aterrador.

Higginbotham dedica la primera parte del libro a narrar un idilio anterior a la catástrofe rebosante de optimismo tecnológico, radiante de posibilidades. La central nuclear de Chernobyl, bautizada con el nombre de una ciudad medieval cercana, se construyó en la década de 1970 con la intención de que fuera “la nueva central eléctrica que un día haría a la ingeniaría nuclear de la URSS famosa en todo el mundo”.

Estos despreocupados ejemplos de confianza aparecen en el libro de Higginbotham como el arma de Chéjov, lista para disparar. A sólo 10 minutos de auto de la planta, se construyó una “ciudad atómica” llamada Pripyat para albergar a los científicos nucleares y el personal de apoyo.

En una Unión Soviética acosada por el estancamiento económico y las privaciones, Pripyat era un “oasis de abundancia”: “un verdadero paraíso proletario”. Los almacenes vendían exquisiteces difíciles de encontrar; una gran tienda ofrecía vajilla de mesa austríaca y perfume francés.

Sin embargo, bajo la superficie estaban los cimientos crujientes de un imperio soviético cuyo programa nuclear era dirigido por una combinación de “conveniencia despiadada” y perpetuo temor a la humillación. La energía nuclear era considerada una panacea económica y una fuente de prestigio, y los funcionarios del Politburó imponían horarios absurdos y medidas de reducción de costos igualmente absurdas.

Higginbotham cuenta cómo se ascendía rápidamente a jóvenes trabajadores a puestos de enorme responsabilidad. En un ejemplo flagrante de amiguismo, el Partido Comunista ascendió a un ingeniero eléctrico ideológicamente perfecto al cargo de subdirector de la central de Chernobyl: para compensar su falta total de experiencia en materia de energía atómica, siguió un curso por correspondencia de física nuclear.

Entrevistando a testigos oculares y consultando archivos desclasificados –registro oficial que era frustrantemente exiguo en lo que hace a determinados detalles y, según Higginbotham, no siempre confiable-, el autor reconstruye el desastre desde cero, relatando su preludio así como sus consecuencias. El resultado es soberbio, apasionante y necesariamente aterrador.

Higginbotham dedica la primera parte del libro a narrar un idilio anterior a la catástrofe rebosante de optimismo tecnológico, radiante de posibilidades. La central nuclear de Chernobyl, bautizada con el nombre de una ciudad medieval cercana, se construyó en la década de 1970 con la intención de que fuera “la nueva central eléctrica que un día haría a la ingeniaría nuclear de la URSS famosa en todo el mundo”.

Estos despreocupados ejemplos de confianza aparecen en el libro de Higginbotham como el arma de Chéjov, lista para disparar. A sólo 10 minutos de auto de la planta, se construyó una “ciudad atómica” llamada Pripyat para albergar a los científicos nucleares y el personal de apoyo.

En una Unión Soviética acosada por el estancamiento económico y las privaciones, Pripyat era un “oasis de abundancia”: “un verdadero paraíso proletario”. Los almacenes vendían exquisiteces difíciles de encontrar; una gran tienda ofrecía vajilla de mesa austríaca y perfume francés.

Sin embargo, bajo la superficie estaban los cimientos crujientes de un imperio soviético cuyo programa nuclear era dirigido por una combinación de “conveniencia despiadada” y perpetuo temor a la humillación. La energía nuclear era considerada una panacea económica y una fuente de prestigio, y los funcionarios del Politburó imponían horarios absurdos y medidas de reducción de costos igualmente absurdas.

Higginbotham cuenta cómo se ascendía rápidamente a jóvenes trabajadores a puestos de enorme responsabilidad. En un ejemplo flagrante de amiguismo, el Partido Comunista ascendió a un ingeniero eléctrico ideológicamente perfecto al cargo de subdirector de la central de Chernobyl: para compensar su falta total de experiencia en materia de energía atómica, siguió un curso por correspondencia de física nuclear.

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